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La Luna Entre La Niebla

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El Elegido, ese cruel asesino de historias

miércoles, 4 de marzo de 2009

Publicado por Mavros en 10:15  

Antes que nada. Esto es simplemente mi versión de los hechos, simplificada y embotellada al vacío.

Comencemos por el principio.

Desde que el hombre escribe, no sólo describe paisajes o hechos ciertos, también los inventa a su antojo. Al fin y al cabo, el hueso de ave, el cincel, la pluma, la estilográfica (es que me encanta esa palabra), el carbón, el boli bic, etc, son llaves a mundos infinitos. Una tentación demasiado grande para dejarla pasar. Y me parece bien. El motivo de la escritura, tengo entendido, tenía que ver con algo mucho menos romántico de lo que la mayoría desearíamos. Dejar constancia de las leyes para que éstas sean cumplidas. Un noble propósito. Afortunadamente, tiene otros muchos.

Cuando una cultura pasa de feto a abort...quiero decir, a retoño, luego crece, pasa la adolescencia, y madura, desarrolla como los hombres y mujeres de quien se nutre, una personalidad y una identidad propias. Producto de un porrón de circunstancias, una cosa llamada moral asoma la cabeza y empieza a dictar normas básicas de conducta. Y lo primero es definir los márgenes. Esto es bueno, esto es malo. No entraré en qué márgenes son mejores o peores. Primero porque es un sinsentido (¿qué moral aplico? ¿Hay una mejor que otra?) y luego porque el tema no va de eso.

Igual que los dictadores, los tiranos, los grandes reyes, los prohombres y todo aquel que carga con la responsabilidad de un país sobre los hombros (y de paso es un poco coqueto), las culturas desarrollan simbologías que se convierten en mitologías. Se identifican con determinadas cosas y, como no recuerdan un carajo del mundo antes de ellos, se lo inventan a su imagen y semejanza. Esto va antes de la escritura, sí, pero ahora llegaremos a eso.

Lentamente, primero por medios orales, se construye una tradición incuestionable, y de ahí se pasa a las grandes historias. La representación de una mente deseosa de ser magnífica. Todo por la patria, incluso si para eso hay que inventarse la patria. De estos vientos nacen las siguientes tempestades...que vinieron a llamarse sagas, gestas, epopeyas.

Se trataba de relatos que contaban la historia de un gran malo. Un dios, por ejemplo, que se ha clavado una espina tras una uña y anda cabreado; un rey perverso que se aburre de jugar en el jardín y saca a su ejército oxidado para aterrorizar la triste campiña; o quizá una bruja que anda en esos días delicados. Su maldad es incuestionable, es decir, nadie la cuestiona. Es malo y punto.

Así que este tipo atribulado, desarrollando una oscura trama, se curra afanosamente el anhelado objetivo de dominar y someter algo puro. Una ciudad, un reino, el mundo entero. Ya se sabe con los malos, una vez haces pop, ya no hay quien te pare.

Pero no hay que preocuparse. La representación simbólica de todo lo que es bueno, honesto y valiente está en camino. El héroe está al caer. En el pasado, solía ser un tipo de buena familia. Un príncipe, por ejemplo, un noble. También tenía su sentido, porque él simbolizaba los grandes valores. Aunque llegara a vestirse con harapos o a hacerse pasar por animal para lograr su objetivo, al final, su destino era desposar a la princesa y heredar un reino. Eran buenas épocas.

Pero los tiempos cambian, y poco a poco, los héroes son adaptados a las circunstancias. Empiezan a no ser perfectos porque de repente, la sociedad, más avanzada, tiene una cierta conciencia del yo y se da cuenta de que tampoco es perfecta. Los valores de la fuerza, el arrojo y el poder dan paso a las más modestas honestidad, valentía y templanza. Valores distintos para épocas distintas. El origen de nuestro héroe empieza a ser más humilde. Empieza a ser menos una melodramática y publicitada sombra de la sociedad que debe ser amada y adorada por sus miembros y se va perfilando más como los deseos y anhelos de cada uno de esos miembros. El héroe, de repente, somos nosotros. Y como somos nosotros, lo del origen noble ya no nos identifica, ahora son granjeros (mayoritariamente), parteros, cazadores o quizá carpinteros o ebanistas.

Por aquí me centro en el tema de la escritura, gracias por la paciencia. Y de paso, aprovecho para introducir sutilmente el género fantástico, quizá la derivación de aquellas sagas y novelas de caballería de la época. Como todas las modas, vienen y van, pero en el proceso, cambian. Se tuercen, se estiran. Son lo mismo y son distintas. Pero si miramos fijamente, podemos reconocer al padre del hijo.

Muchos grandes autores aportaron los primeros cimientos de un género cuanto menos prolífico. Howard, Moorcock, Tolkien y alguna decena más, establecieron los patrones de algo maravilloso, la transformación de las sagas milenarias en algo moderno y accesible a la gente de hoy en día, perdidos entre la manipulación de los medios y la inevitabilidad de una enorme y todopoderosa maquinaria bien engrasada de la que no sabemos huir. A eso nos ayudaron ellos, los grandes "primeros llegados". Pero como todo, las cosas pueden degenerar, pervertirse...el poder del anillo, amigos míos. El poder del lado oscuro. Más fácil, más rápido, más seductor.

Poco a poco, supuestamente porque los niños y los jóvenes son quienes más necesidad tienen de cosas fantásticas, porque su imaginación y su esperanza no han sido todavía completamente aplastadas por la maquinaria antes mencionada, empezaron a crearse unos productos de menor calidad destinados a producirse en mayor cantidad para un público concreto, más interesado en escapar como sea y de creerse cualquier cosa. Una mente manipulable y fácil de contentar. Cada vez más fácil, diría yo.

Y como pasa con otros géneros, como por ejemplo la novela costumbrista, que viene a ser más o menos siempre lo mismo en otro lugar y con otras personas, la fantasía se ha abierto un hueco y se ha establecido en un cómodo rincón de la literatura contemporánea. Las grandes obras del pasado, las grandes sagas, las grandes aventuras, nos han dejado un legado traicionero. Como corolarios de una verdad máxima, han aparecido obras que son más de lo mismo. Como un eco, que no aporta nada nuevo al sonido, y que cuanto más se alarga más se difumina, perdiendo todo significado y propósito. Así se logra estancar un género. Convertirlo en sotacaballorey. Lees las primeras 20 páginas y ya sabes qué va a suceder. Voy a hacer una prueba rápida, a ver cuántas novelas de fantasía cumplen este desarrollo.

"Todo empieza cuando un grupo de jóvenes, que pueden ser desde granjero a aventureros profesionales, que viven en una época convulsa, sufren el ataque o la amenaza de un mal que asola la tierra. Éste mal no es de segunda regional, es de primera división, nada de un cacique malaje cabreado por sus crecientes problemas de próstata. Es alguien con visos de querer dominar el mundo. Pero no pasa nada. Llega el héroe (o el grupo de héroes), y tras unos cuantos capítulos de idas y venidas, terminan desfaciendo el entuerto, salvando al mundo (sí, al mundo, es que si no la cosa queda un poco pobre), y hala, a casita que llueve".

Una aventura sin emoción no es una aventura, pero vivimos en épocas baldías en ideas. Nos quejamos, sí, pero lo gracioso es que mucha gente se siente luego engañada si las cosas se salen de lo convencional. A mí no me gustó el final de "Los piratas del Caribe" la primera vez que lo vi, pero luego les alabé el valor de desviarse de lo establecido, y llegué a la conclusión de que nos hemos acostumbrado tanto a un esquema de aventuras, que nos sentimos engañados si alguien lo tuerce. Así, sólo nos queda ya la originalidad de hacer personajes sorprendentes, pero nos han capado la historia. Sabemos lo que va a pasar, y no es ya sólo que el autor se haya rendido a la evidencia de lo que sabe que funciona, sino que en el fondo, da a la gente lo que quiere, porque es lo que nos está pasando. Así pasa lo que pasa. ¿Cuántas historias obvias nos hemos encontrado ya, cuántos protagonistas a prueba de balas, hechizos y maldades diversas nos han acompañado por el camino de una historia mil veces repetida, cuyo final conocemos antes de haberlo leído? Vale, sí...es que es fantasía épica. Ya se sabe. Pues no, yo no lo sé. La épica tiene un sentido, tiene un propósito. Una moraleja final, una enseñanza que nos recuerda quienes somos y de qué somos capaces. Pero revestir de un supuesto aire épico a una historia sin pretensiones, a unos personajes sin contenido, a una aventura plana de tantas que ya nos han relatado doscientas veces, es pervertir el significado de las cosas, y sí, también es tomarnos el pelo.

Supongo que ahora es momento de detenernos un poco y coger perspectiva. Estoy empezando a emocionarme. Sabía que ocurriría, pero también esperaba poder contenerme llegado el momento, como ahora. Porque ahora viene el momento de decir: "A ver, no es para tanto". Nadie se ha muerto, que yo sepa, por una sobredosis de épica mal entendida. Como mucho, la saturación nos frustra y nos indigna. Una vez se canaliza la mala baba, se esconden los colmillos y se limpian los espumarajos, queda saber qué hacemos ahora.

Lo que yo propongo es simple: "Matar al Elegido".

Matar el concepto, quiero decir. Es el golpe en la cerviz de la bestia, en el ancla que nos impide avanzar. La respuesta a las más encendidas plegarias. Dejemos la épica para quien sabe hacerla de verdad (pongamos Tolkien, que lo tengo más fresco) y seamos más humildes. Igual que cuando un autor escribe novela histórica puede llegar a emocionarnos con una simple historia de poder y ambición, la fantasía tiene ese toque que, en su justa medida, añade al caldo un sabor único y especial. No lo echemos a perder ni lo malgastemos haciendo el plato incomestible. Por una vez, pensemos en el equilibrio y en que lo más importante, de lejos, es la historia que transcurre. Los personajes andan sobre ella, y el mundo no se destruye porque los personajes, incluso el elegido, mueran. Experimentemos... si matamos al elegido, quizá liberemos de sus ataduras a los diez personajes secundarios que antes no tenían nada mejor que hacer que servir de alivio cómico o trágico. Sólo les quedaba morir o hacer un par de chistes graciosos. Pobre aportación, la verdad, y muy triste. Su muerte, eso sí, sirve a veces para que le Elegido cargue su "modo enrabietado on", que empieza con un "NO" muy elocuente y prolongado, con la vista puesta en el cielo. Así aseguramos que su empresa es más justa, y ya identificados con el componente trágico del pobrecito héroe (como si a nosotros nos hubiera pasado lo mismo para identificarnos), nos lanzamos a jalearle mientras él cumple con su cometido de tirarse de cabeza a una fortaleza plagada de enemigos...solo, claro, a grito pelado y matando a todos los que se le cruzan, eso sí, en riguroso orden de a uno, hasta llegar al malo malote. Luego llega la batalla dialéctica donde uno demuestra lo malo que es y el otro lo justo y majete que lo han parido. Choque de espadas, frases más o menos calumniosas (es de mala educación insultar al anfitrión en su casa) y antes o después, el malo dirá algo de más, se entretendrá mirando a las musarañas y el otro le dará matarile. Blanco y en botella.

Si muere el elegido, quedan los secundarios, esos tontos pelaos que ya no pueden estar haciendo el gañán con chistecitos, ni pueden permitirse ser torpes o no cubrirse con el escudo, porque ahora todo depende de ellos, y a menos que el autor quiera terminar el libro con una última victoria de la oscuridad sobre la luz que suma al mundillo de marras en mil años de tiranía (cosa que podría molar, sí, pero reconozco que no tiene mucho tirón comercial), no le queda otra más que usar lo que le queda. Y así, tiene que pensar. Porque los secundarios no tienen una marca de nacimiento que les hace inmunes a las tropelías del enemigo y les garantiza la victoria. No, los secundarios sólo tienen su ingenio, su arrojo, y a tirar los dados. Así vuelve la emoción. Así vuelve la aventura.

Y yo, de paso, me identifico más con ellos, con tipos torpes y cobardes que se ven envueltos en una de la que no saben cómo salir. Y donde la cosa se tuerce y el malo gana. Qué cosas.

Debo reconocer, finalmente, que gracias a una saga en concreto, he vuelto a creer en la fantasía. Mirando luego más atentamente, he visto que poco a poco, esas historias de lo que vienen a llamarse héroes anónimos van encontrando su lugar en las estanterías, en los puestos de los más vendidos, incluso. Después de un tiempo leyendo novela histórica, que me sirvió para descubrir este género extraordinario y para convencerme aún más de la justicia de mis argumentos, de que se puede hacer una historia extraordinaria sin magia ni elegidos, he visto que la fantasía ya ha dado pasos de gigante, y ya era hora.

Me emociona saber que al Elegido le quedan los días contados. Yo espero que no vuelva para atormentarnos en nuestras pesadillas, que ya ha hecho bastante.

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