Jalot se encaramó a la cornisa desde donde Eptarion oteaba el amanecer. El viejo teóspide dio un respingo al reparar en el ágil muchacho y lo ayudó a subir con el rostro contraído en una mueca furiosa. Mientras lo aupaba con una fuerza inusitada, sus ojos perseguían el nacimiento del Sol sobre las montañas lejanas. Ni siquiera el golpe sordo de la carne contra la madera y el posterior grito ahogado hicieron que el hombre parpadease.
Jalot se levantó con cuidado, inseguro del daño que se había hecho al caer. Tenía el pelo rubio despeinado, y los ojos legañosos.
- Señor, que no soy un trapo. Si no es bastante tener que atravesar la ciudad antes de amanecer para atender tus caprichos, no sé cómo tratarás a los que de verdad te han ofendido.
- Como merecen - Eptarion se volvió finalmente, lanzando al chico una mirada tan áspera como sus palabras. Las manchas del Sol sobre su frente, tres pequeñas quemaduras circulares que formaban los vértices de un triángulo equilátero, brillaban como ojos acusadores -, igual que hago contigo. Si no te gusta el tacto de mi suelo, haber contenido tus dedos curiosos. Tienes suerte de que tu padre sea un hombre de honor.
- Sí, no veas qué suerte tengo - contestó con una risita irritada mientras se frotaba la rodilla -. Estoy aquí precisamente por eso. Si mi padre fuera un comemocos, aún estaría durmiendo.
- Hoy sí. Quizá también mañana. Pero antes o después alguien te cogería igual que hice yo, y si te acusa un venedo, o un aúride, no te salvaría ni tu edad ni tu linaje. Conozco bien a los de tu clase, Jalot, no sabéis qué hacer con la libertad de vuestra posición y acabáis quebrantando las pocas leyes que debéis cumplir.
- Joder, Eptarion. Qué vueltas le das a las cosas. Me aburro, eso es todo.
- Y por eso acabas cometiendo infracciones. Romper la ley no es cosa ligera, y menos para los cargos electos y sus familiares.
- Hombre, pero sólo si se hace público - apuntó el chico con una sonrisa maliciosa -. Si fuera un pedestre cualquiera y robase a un cargo o a su puta madre, al día siguiente el cargo se haría un collar con mis dedos. Yo sólo tengo que preocuparme si algún enemigo de mi padre quiere airear el asunto, o si me ve todo un estadio de letrados. Además, todavía soy joven para que cualquier cosa que haga tenga relevancia. Hasta mi día del Sol es como si no existiera.
- Pero existes, y haces mal en subestimar a los enemigos de tu padre. Él fue héroe de guerra. Comandó uno de los barcos. No es cualquier cargo.
- Ya, ya - respondió Jalot, hastiado -. La historia de siempre, que si Jaltor el águila, que si Jaltor el amigo del viento. Lo he oído bastantes veces como para recitarlo de memoria.
El viejo Eptarion paseó por la habitación. Se detuvo frente a una mesa inclinada, como un escritorio para copiar libros. Ordenó distraídamente un grupo de lápices de carbón por su tamaño y resopló.
- Creo que debería aleccionarte sobre el significado de la responsabilidad. De todos modos, aún falta un poco para que lleves a cabo la tarea de hoy. Tendré tiempo de contarte una historia.
- ¿Una historia? - interrumpió el chico - ¿Me haces levantarme antes que el Sol para hacerme esperar? Ni siquiera he desayunado.
- Pero no podrás decir que te aburres - sonrió el anciano -. Vamos, acompáñame.
Eptarion abrió una puerta escondida en la penumbra y esperó a que Jalot se pusiera en marcha. Ambos atravesaron entonces un pasillo sencillo con suelo de madera y paredes de ladrillo cocido. De vez en cuando, una ventana derramaba sobre ellos la luz de la mañana. El teóspide, envuelto en su túnica rojiza, no prestaba más atención al exterior, y Jalot lo seguía a regañadientes, sin detenerse a contemplar la ciudad que se desperezaba, por miedo a perder el paso. Dos puertas más, y dos tramos de pasillo después, Eptarion empezó a contar la historia sin dejar de avanzar.
- Hubo una vez un chico como tú, se llamaba Cardolet. Era alto para su edad, y muy travieso. Tendría unos doce años cumplidos, tres menos que tú, pero aparentaba tener dieciséis, la edad del Sol. Era hijo de un letrado, un hombre bueno y justo que no merecía semejante vástago, pero que lo había educado con esmero y dedicación, pese a lo cuál él...bueno, él era como era.
Dagotor, el padre, tenía enemigos. Uno de ellos era otro letrado como él, un hombre tan rico y poderoso como él, pero avaro donde él era generoso, y de oscuro corazón cuando el de Dagotor era luminoso.
Un día iba Cardolet andando por la calle, seguramente despistado con la cabeza llena de cosas de jóvenes, cuando sus ojos repararon en una ventana alta de la que asomaba un objeto brillante. Como podrás imaginar, aunque yo no puedo, su mente dejó de divagar, y de repente, todo lo que importaba era ese objeto desconocido. Nada más, ni su prudencia, ni su responsabilidad, ni su nombre ni nada eran tan importantes como descubrir qué brillaba tanto. Hizo como tú, ya lo puedes suponer. Se encaramó a un par de salientes, se impulsó y arriba. Llegó a la ventana como una lagartija, que eso es lo que era, una lagartija impulsiva e idiota.
- Ya - interrumpió Jalot, capcioso - y ahora me contarás cuánto mal hizo por asomarse a una ventana, ¿no?
- Pues sí, y no interrumpas, mocoso, que esto te va a interesar más de lo que crees.
Llegaron al final del último pasillo. Tras la puerta les esperaba un patio con suelo de placas de ladrillo. La pared llegaba sólo a la altura de las rodillas y no había techo. En su lugar había un tejado de celosía cubierto con enredaderas. Unos criados servían un desayuno en la única mesa que había en el centro, con dos sillas cómodas. A Jalot se le hizo la boca agua. Había pan, miel y manteca fría por un lado; leche y vino afrutado sobre unas bandejas; y naranjas, maíz y uvas pasas sobre platos de arcilla. El teóspide dio dos palmadas y los criados saludaron y se fueron. Jalot fue a la mesa y empezó a comer sin sentarse.
- Tranquilo, Jalot. No te vayas a atragantar o no me servirás de nada.
Eptarion se sentó tranquilamente, sin prisa, con el placentero quejido que emiten los viejos cuando por fin encuentran reposo. Con la misma parsimonia, cogió un trozo de pan y le echó miel por encima. Se sirvió un vaso de vino y desayunó en silencio, viendo cómo Jalot se atiborraba de pasas y pan con manteca. El chico se sentó finalmente, sin dejar de comer. Eptarion posó de nuevo los ojos en el Sol. El teóspide hizo un cálculo mental y se tocó la barbilla bien afeitada con dos dedos. Apuró el vaso de vino y volvió a prestar atención al chico.
- Aún queda un poco, y no te he contado lo mejor. Verás, lo que Cardolet no sabía es que el enemigo de su padre había perdido un pleito contra él hacía poco, un asunto de mucho dinero. Había tenido que sacar de su colección personal una figura de oro del tamaño de un bebé. Era un recuerdo familiar, una de esas cosas que los ricos se muestran entre ellos para parecer dignos descendientes de su nombre, cuando en realidad sólo buscan hacer ostentación de su fortuna. Bueno, imaginarás que desprenderse de ella, fuera por el valor sentimental o monetario, no le hizo ninguna gracia al pagador. El caso es que la había dejado en el alféizar de la ventana, y allí llegó Cardolet, con toda su curiosa imprudencia, para poner las manos sobre ella.
En ese momento, ya ves, una figura sale de la oscuridad del interior y le empuja cuando aún ya había aferrado la figura.
En ese momento hizo una pausa y acercó el rostro al de Jalot. Se tocó la frente con un dedo, señalando el lugar que ocupaban las manchas del Sol.
- Cardolet aún no había tenido su día del Sol - continuó -, así que no podían hacerle responsable de robar esa figura. Pero sí a su padre. Los padres son responsables de lo que hagan los hijos que aún no han sido marcados. Lo sabes, ¿verdad? Pero además, todos creyeron que el chico simplemente se había resbalado por obra de la justicia solar y había caído con el objeto de su robo. Nadie creyó eso de que le habían empujado, y terminaron por sugerir a Dagotor que su hijo había quedado desquiciado por el golpe. Lo cierto era que había caído mal y se rompió una pierna. Y nunca más pudo escalar, ni saltar, sólo andar y correr un breve trecho. Debido al escándalo, al enemigo de Dagotor le perdonaron la deuda, y no sólo perdió una fortuna sino que ganó un lisiado, ya ves, y las habladurías de sus pares. Un feo asunto, ¿no crees? Y aún peor para Cardolet.
Jalot había dejado de comer, y tragó el último bocado con dificultad, con los ojos muy abiertos por el resultado de la historia.
- ¿Qué le ocurrió a Cardolet?
- ¿Te parece poco quedar cojo? - rió Eptarion - De todos modos, algo peor le fue, sí. Tuvo problemas con el vino y se metió en algunos asuntos feos, pero mejor no sigo con eso, porque además ya ha llegado la hora. Vamos.
El teóspide se levantó y esperó a Jalot, que no tardó en seguirle. Salieron del patio y entraron de nuevo en el edificio, por otra puerta. Caminaron por pasillos semejantes entre sí, sin más adorno que algunos ladrillos pintados de azul y otros de oro. Al final llegaron a una escalera. Una escalera de piedra blanca que llegaba hasta el último piso. Jalot empezó a ponerse nervioso.
- ¿Qué hacemos subiendo las escaleras de la Luna? No se supone que debo hacerlo hasta dentro de un año, cuando me preparen para la prueba.
- No te preocupes - le tranquilizó el teóspide -. Casi nadie respeta ya esa norma. Después de todo hay que limpiar las cosas y no es algo que hagan los criados, que no son dignos, ni tampoco los viejos. Se lo dejamos a acólitos que tienen tu edad, pero es verdad que aún hacemos todos como si se respetaran las antiguas leyes.
Jalot no parecía muy convencido, pero subió al lado de Eptarion. Se limpió los restos de desayuno que tenía entre los dedos con la túnica, algo azorado, y se dio cuenta de que no llevaba diadema ni collar, ni siquiera un brazalete o una pulsera. Se acercaba al altar del Sol como un criado más.
Llegaron arriba del todo. El tejado del gran edificio de la ecolastría brillaba como el Sol que reverenciaba. Se encalaba a diario durante el verano. No había paredes ni techo, sino que estaba completamente abierto y sólo se cubría con serrín en los días de lluvia. Justo en la mitad había un altar circular que ascendía tres tramos hasta llegar a un mecanismo de oro y bronce, tallados con glifos que narraban las antiguas gestas del Sol cuando era un bravo espíritu de fuego en la Tierra, antes de ser expulsado por la envidia de sus enemigos.
Jaltor, el padre de Jalot, estaba situado junto a un lado del altar, y su madre al otro, vestidos ambos con las togas ceremoniales, blancas brillantes con ribetes de finísima filigrana plateada en cuello y mangas. El chico dio un salto hacia atrás y empezó a temblar.
- ¿Qué es esto? - chilló - ¿Qué vais a hacer?
El rostro de Eptarion se había vuelto duro como la piedra.
- Compórtate - le reprendió -. Ahora estás frente a la mirada del Sol. Si quieres que te acoja y te proteja, debes ser digno de su escrutinio. Si huyes, serás un relegado, menos que los criados, o que los esclavos incluso. Cualquiera que te reconozca tendrá permiso para azotarte o para abusar de ti, y podrá tomarte en propiedad. Incluso tu muerte sería un estorbo. Tu cadáver acabaría pudriéndose en cualquier río sin la bendición del fuego. Tu alma servirá eternamente a los siervos del Sol.
Le puso una mano en el hombro tembloroso y le obligó a mirarle. Jalot jadeaba como si no encontrara aire.
- Pero si soportas su prueba, serás un hombre. Para lo bueno y para lo malo, Jalot. Un hombre.
El chico tenía los ojos muy abiertos. Los pasaba del teóspide a sus padres y de sus padres de vuelta al teóspide. Parecía como si no se enterase de nada. Eptarion lo guió hacia el altar y él se dejó llevar. El anciano ajustó la estructura de brillante metal al cuerpo de Jalot, y cantó los salmos milenarios en alto.
Había calculado bien. El Sol estaba en el lugar adecuado. Destapó entonces tres gema que se disponían en una fila horizontal, y esperaron. El padre miraba con rostro sereno, pero la madre, una bella mujer con la rizada melena rubia anudada con tiras de plata, tenía el rostro contenido y los labios apretados.
Pronto salió el primer hilo de humo de la frente inmovilizada de Jalot. El chico gritó. Al principio fue un chillido ausente, luego se hizo agudo y más intenso. Al final lo cubrió todo, como un eco de dolor infinito. Tres pequeñas serpientes de humo gris ascendieron hacia el cielo, confundidas con el rizado cabello. Jalot lloraba de dolor e impotencia dentro de la jaula de oro y bronce, pero no peleó para liberarse. Eptarion lo consideró una buena señal. Tapó las gemas y liberó al chico, quien prácticamente cayó en sus brazos. Abrió unos ojos azules como una tormenta de lluvia, y miró al viejo como si admitiera su derrota.
- Entiendo tu historia - dijo, sintiendo raspar la garganta seca -. Ahora no soy una carga para mi padre. Ahora soy responsable de mí. Nadie podrá utilizarme para hacerle daño.
- Así es - asintió Eptarion, complacido -. Lo hablamos hace ya tiempo. Es un milagro que nadie haya aprovechado ya tu inconsciencia para perjudicar a tu padre, pero esperar otro año para que hicieras el viaje de la luz se nos antojaba demasiado. En lugar de volverte prudente, eras cada vez más alocado. Ahora podrás librarte de tu idiotez o no, como gustes, pero tus acciones no traerán la ruina a tu familia.
- Ya - murmuró con un hilo de voz. Jalot sintió que se dormía, que se abandonaba a la luz que lo bañaba y a la nueva aventura de ser un hombre. Cerró los ojos y se sumió en la última oscuridad de sus días como niño, sabiendo que, al despertar, sería él y sólo él quien respondiera por cada uno de sus pasos. Soñó con una figura de oro, del tamaño de un bebé, que se alejaba de él. Por suerte, él ya no la deseaba.