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La Luna Entre La Niebla

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Un rayo de luz

sábado, 14 de marzo de 2009

Publicado por Mavros en 4:12 0 comentarios  

Jalot se encaramó a la cornisa desde donde Eptarion oteaba el amanecer. El viejo teóspide dio un respingo al reparar en el ágil muchacho y lo ayudó a subir con el rostro contraído en una mueca furiosa. Mientras lo aupaba con una fuerza inusitada, sus ojos perseguían el nacimiento del Sol sobre las montañas lejanas. Ni siquiera el golpe sordo de la carne contra la madera y el posterior grito ahogado hicieron que el hombre parpadease.

Jalot se levantó con cuidado, inseguro del daño que se había hecho al caer. Tenía el pelo rubio despeinado, y los ojos legañosos.

- Señor, que no soy un trapo. Si no es bastante tener que atravesar la ciudad antes de amanecer para atender tus caprichos, no sé cómo tratarás a los que de verdad te han ofendido.

- Como merecen - Eptarion se volvió finalmente, lanzando al chico una mirada tan áspera como sus palabras. Las manchas del Sol sobre su frente, tres pequeñas quemaduras circulares que formaban los vértices de un triángulo equilátero, brillaban como ojos acusadores -, igual que hago contigo. Si no te gusta el tacto de mi suelo, haber contenido tus dedos curiosos. Tienes suerte de que tu padre sea un hombre de honor.

- Sí, no veas qué suerte tengo - contestó con una risita irritada mientras se frotaba la rodilla -. Estoy aquí precisamente por eso. Si mi padre fuera un comemocos, aún estaría durmiendo.

- Hoy sí. Quizá también mañana. Pero antes o después alguien te cogería igual que hice yo, y si te acusa un venedo, o un aúride, no te salvaría ni tu edad ni tu linaje. Conozco bien a los de tu clase, Jalot, no sabéis qué hacer con la libertad de vuestra posición y acabáis quebrantando las pocas leyes que debéis cumplir.

- Joder, Eptarion. Qué vueltas le das a las cosas. Me aburro, eso es todo.

- Y por eso acabas cometiendo infracciones. Romper la ley no es cosa ligera, y menos para los cargos electos y sus familiares.

- Hombre, pero sólo si se hace público - apuntó el chico con una sonrisa maliciosa -. Si fuera un pedestre cualquiera y robase a un cargo o a su puta madre, al día siguiente el cargo se haría un collar con mis dedos. Yo sólo tengo que preocuparme si algún enemigo de mi padre quiere airear el asunto, o si me ve todo un estadio de letrados. Además, todavía soy joven para que cualquier cosa que haga tenga relevancia. Hasta mi día del Sol es como si no existiera.

- Pero existes, y haces mal en subestimar a los enemigos de tu padre. Él fue héroe de guerra. Comandó uno de los barcos. No es cualquier cargo.

- Ya, ya - respondió Jalot, hastiado -. La historia de siempre, que si Jaltor el águila, que si Jaltor el amigo del viento. Lo he oído bastantes veces como para recitarlo de memoria.

El viejo Eptarion paseó por la habitación. Se detuvo frente a una mesa inclinada, como un escritorio para copiar libros. Ordenó distraídamente un grupo de lápices de carbón por su tamaño y resopló.

- Creo que debería aleccionarte sobre el significado de la responsabilidad. De todos modos, aún falta un poco para que lleves a cabo la tarea de hoy. Tendré tiempo de contarte una historia.

- ¿Una historia? - interrumpió el chico - ¿Me haces levantarme antes que el Sol para hacerme esperar? Ni siquiera he desayunado.

- Pero no podrás decir que te aburres - sonrió el anciano -. Vamos, acompáñame.

Eptarion abrió una puerta escondida en la penumbra y esperó a que Jalot se pusiera en marcha. Ambos atravesaron entonces un pasillo sencillo con suelo de madera y paredes de ladrillo cocido. De vez en cuando, una ventana derramaba sobre ellos la luz de la mañana. El teóspide, envuelto en su túnica rojiza, no prestaba más atención al exterior, y Jalot lo seguía a regañadientes, sin detenerse a contemplar la ciudad que se desperezaba, por miedo a perder el paso. Dos puertas más, y dos tramos de pasillo después, Eptarion empezó a contar la historia sin dejar de avanzar.

- Hubo una vez un chico como tú, se llamaba Cardolet. Era alto para su edad, y muy travieso. Tendría unos doce años cumplidos, tres menos que tú, pero aparentaba tener dieciséis, la edad del Sol. Era hijo de un letrado, un hombre bueno y justo que no merecía semejante vástago, pero que lo había educado con esmero y dedicación, pese a lo cuál él...bueno, él era como era.
Dagotor, el padre, tenía enemigos. Uno de ellos era otro letrado como él, un hombre tan rico y poderoso como él, pero avaro donde él era generoso, y de oscuro corazón cuando el de Dagotor era luminoso.
Un día iba Cardolet andando por la calle, seguramente despistado con la cabeza llena de cosas de jóvenes, cuando sus ojos repararon en una ventana alta de la que asomaba un objeto brillante. Como podrás imaginar, aunque yo no puedo, su mente dejó de divagar, y de repente, todo lo que importaba era ese objeto desconocido. Nada más, ni su prudencia, ni su responsabilidad, ni su nombre ni nada eran tan importantes como descubrir qué brillaba tanto. Hizo como tú, ya lo puedes suponer. Se encaramó a un par de salientes, se impulsó y arriba. Llegó a la ventana como una lagartija, que eso es lo que era, una lagartija impulsiva e idiota.

- Ya - interrumpió Jalot, capcioso - y ahora me contarás cuánto mal hizo por asomarse a una ventana, ¿no?

- Pues sí, y no interrumpas, mocoso, que esto te va a interesar más de lo que crees.

Llegaron al final del último pasillo. Tras la puerta les esperaba un patio con suelo de placas de ladrillo. La pared llegaba sólo a la altura de las rodillas y no había techo. En su lugar había un tejado de celosía cubierto con enredaderas. Unos criados servían un desayuno en la única mesa que había en el centro, con dos sillas cómodas. A Jalot se le hizo la boca agua. Había pan, miel y manteca fría por un lado; leche y vino afrutado sobre unas bandejas; y naranjas, maíz y uvas pasas sobre platos de arcilla. El teóspide dio dos palmadas y los criados saludaron y se fueron. Jalot fue a la mesa y empezó a comer sin sentarse.

- Tranquilo, Jalot. No te vayas a atragantar o no me servirás de nada.

Eptarion se sentó tranquilamente, sin prisa, con el placentero quejido que emiten los viejos cuando por fin encuentran reposo. Con la misma parsimonia, cogió un trozo de pan y le echó miel por encima. Se sirvió un vaso de vino y desayunó en silencio, viendo cómo Jalot se atiborraba de pasas y pan con manteca. El chico se sentó finalmente, sin dejar de comer. Eptarion posó de nuevo los ojos en el Sol. El teóspide hizo un cálculo mental y se tocó la barbilla bien afeitada con dos dedos. Apuró el vaso de vino y volvió a prestar atención al chico.

- Aún queda un poco, y no te he contado lo mejor. Verás, lo que Cardolet no sabía es que el enemigo de su padre había perdido un pleito contra él hacía poco, un asunto de mucho dinero. Había tenido que sacar de su colección personal una figura de oro del tamaño de un bebé. Era un recuerdo familiar, una de esas cosas que los ricos se muestran entre ellos para parecer dignos descendientes de su nombre, cuando en realidad sólo buscan hacer ostentación de su fortuna. Bueno, imaginarás que desprenderse de ella, fuera por el valor sentimental o monetario, no le hizo ninguna gracia al pagador. El caso es que la había dejado en el alféizar de la ventana, y allí llegó Cardolet, con toda su curiosa imprudencia, para poner las manos sobre ella.
En ese momento, ya ves, una figura sale de la oscuridad del interior y le empuja cuando aún ya había aferrado la figura.

En ese momento hizo una pausa y acercó el rostro al de Jalot. Se tocó la frente con un dedo, señalando el lugar que ocupaban las manchas del Sol.

- Cardolet aún no había tenido su día del Sol - continuó -, así que no podían hacerle responsable de robar esa figura. Pero sí a su padre. Los padres son responsables de lo que hagan los hijos que aún no han sido marcados. Lo sabes, ¿verdad? Pero además, todos creyeron que el chico simplemente se había resbalado por obra de la justicia solar y había caído con el objeto de su robo. Nadie creyó eso de que le habían empujado, y terminaron por sugerir a Dagotor que su hijo había quedado desquiciado por el golpe. Lo cierto era que había caído mal y se rompió una pierna. Y nunca más pudo escalar, ni saltar, sólo andar y correr un breve trecho. Debido al escándalo, al enemigo de Dagotor le perdonaron la deuda, y no sólo perdió una fortuna sino que ganó un lisiado, ya ves, y las habladurías de sus pares. Un feo asunto, ¿no crees? Y aún peor para Cardolet.

Jalot había dejado de comer, y tragó el último bocado con dificultad, con los ojos muy abiertos por el resultado de la historia.

- ¿Qué le ocurrió a Cardolet?

- ¿Te parece poco quedar cojo? - rió Eptarion - De todos modos, algo peor le fue, sí. Tuvo problemas con el vino y se metió en algunos asuntos feos, pero mejor no sigo con eso, porque además ya ha llegado la hora. Vamos.

El teóspide se levantó y esperó a Jalot, que no tardó en seguirle. Salieron del patio y entraron de nuevo en el edificio, por otra puerta. Caminaron por pasillos semejantes entre sí, sin más adorno que algunos ladrillos pintados de azul y otros de oro. Al final llegaron a una escalera. Una escalera de piedra blanca que llegaba hasta el último piso. Jalot empezó a ponerse nervioso.

- ¿Qué hacemos subiendo las escaleras de la Luna? No se supone que debo hacerlo hasta dentro de un año, cuando me preparen para la prueba.

- No te preocupes - le tranquilizó el teóspide -. Casi nadie respeta ya esa norma. Después de todo hay que limpiar las cosas y no es algo que hagan los criados, que no son dignos, ni tampoco los viejos. Se lo dejamos a acólitos que tienen tu edad, pero es verdad que aún hacemos todos como si se respetaran las antiguas leyes.

Jalot no parecía muy convencido, pero subió al lado de Eptarion. Se limpió los restos de desayuno que tenía entre los dedos con la túnica, algo azorado, y se dio cuenta de que no llevaba diadema ni collar, ni siquiera un brazalete o una pulsera. Se acercaba al altar del Sol como un criado más.

Llegaron arriba del todo. El tejado del gran edificio de la ecolastría brillaba como el Sol que reverenciaba. Se encalaba a diario durante el verano. No había paredes ni techo, sino que estaba completamente abierto y sólo se cubría con serrín en los días de lluvia. Justo en la mitad había un altar circular que ascendía tres tramos hasta llegar a un mecanismo de oro y bronce, tallados con glifos que narraban las antiguas gestas del Sol cuando era un bravo espíritu de fuego en la Tierra, antes de ser expulsado por la envidia de sus enemigos.

Jaltor, el padre de Jalot, estaba situado junto a un lado del altar, y su madre al otro, vestidos ambos con las togas ceremoniales, blancas brillantes con ribetes de finísima filigrana plateada en cuello y mangas. El chico dio un salto hacia atrás y empezó a temblar.

- ¿Qué es esto? - chilló - ¿Qué vais a hacer?

El rostro de Eptarion se había vuelto duro como la piedra.

- Compórtate - le reprendió -. Ahora estás frente a la mirada del Sol. Si quieres que te acoja y te proteja, debes ser digno de su escrutinio. Si huyes, serás un relegado, menos que los criados, o que los esclavos incluso. Cualquiera que te reconozca tendrá permiso para azotarte o para abusar de ti, y podrá tomarte en propiedad. Incluso tu muerte sería un estorbo. Tu cadáver acabaría pudriéndose en cualquier río sin la bendición del fuego. Tu alma servirá eternamente a los siervos del Sol.

Le puso una mano en el hombro tembloroso y le obligó a mirarle. Jalot jadeaba como si no encontrara aire.

- Pero si soportas su prueba, serás un hombre. Para lo bueno y para lo malo, Jalot. Un hombre.

El chico tenía los ojos muy abiertos. Los pasaba del teóspide a sus padres y de sus padres de vuelta al teóspide. Parecía como si no se enterase de nada. Eptarion lo guió hacia el altar y él se dejó llevar. El anciano ajustó la estructura de brillante metal al cuerpo de Jalot, y cantó los salmos milenarios en alto.

Había calculado bien. El Sol estaba en el lugar adecuado. Destapó entonces tres gema que se disponían en una fila horizontal, y esperaron. El padre miraba con rostro sereno, pero la madre, una bella mujer con la rizada melena rubia anudada con tiras de plata, tenía el rostro contenido y los labios apretados.

Pronto salió el primer hilo de humo de la frente inmovilizada de Jalot. El chico gritó. Al principio fue un chillido ausente, luego se hizo agudo y más intenso. Al final lo cubrió todo, como un eco de dolor infinito. Tres pequeñas serpientes de humo gris ascendieron hacia el cielo, confundidas con el rizado cabello. Jalot lloraba de dolor e impotencia dentro de la jaula de oro y bronce, pero no peleó para liberarse. Eptarion lo consideró una buena señal. Tapó las gemas y liberó al chico, quien prácticamente cayó en sus brazos. Abrió unos ojos azules como una tormenta de lluvia, y miró al viejo como si admitiera su derrota.

- Entiendo tu historia - dijo, sintiendo raspar la garganta seca -. Ahora no soy una carga para mi padre. Ahora soy responsable de mí. Nadie podrá utilizarme para hacerle daño.

- Así es - asintió Eptarion, complacido -. Lo hablamos hace ya tiempo. Es un milagro que nadie haya aprovechado ya tu inconsciencia para perjudicar a tu padre, pero esperar otro año para que hicieras el viaje de la luz se nos antojaba demasiado. En lugar de volverte prudente, eras cada vez más alocado. Ahora podrás librarte de tu idiotez o no, como gustes, pero tus acciones no traerán la ruina a tu familia.

- Ya - murmuró con un hilo de voz. Jalot sintió que se dormía, que se abandonaba a la luz que lo bañaba y a la nueva aventura de ser un hombre. Cerró los ojos y se sumió en la última oscuridad de sus días como niño, sabiendo que, al despertar, sería él y sólo él quien respondiera por cada uno de sus pasos. Soñó con una figura de oro, del tamaño de un bebé, que se alejaba de él. Por suerte, él ya no la deseaba.

El Elegido, ese cruel asesino de historias

miércoles, 4 de marzo de 2009

Publicado por Mavros en 10:15 0 comentarios  

Antes que nada. Esto es simplemente mi versión de los hechos, simplificada y embotellada al vacío.

Comencemos por el principio.

Desde que el hombre escribe, no sólo describe paisajes o hechos ciertos, también los inventa a su antojo. Al fin y al cabo, el hueso de ave, el cincel, la pluma, la estilográfica (es que me encanta esa palabra), el carbón, el boli bic, etc, son llaves a mundos infinitos. Una tentación demasiado grande para dejarla pasar. Y me parece bien. El motivo de la escritura, tengo entendido, tenía que ver con algo mucho menos romántico de lo que la mayoría desearíamos. Dejar constancia de las leyes para que éstas sean cumplidas. Un noble propósito. Afortunadamente, tiene otros muchos.

Cuando una cultura pasa de feto a abort...quiero decir, a retoño, luego crece, pasa la adolescencia, y madura, desarrolla como los hombres y mujeres de quien se nutre, una personalidad y una identidad propias. Producto de un porrón de circunstancias, una cosa llamada moral asoma la cabeza y empieza a dictar normas básicas de conducta. Y lo primero es definir los márgenes. Esto es bueno, esto es malo. No entraré en qué márgenes son mejores o peores. Primero porque es un sinsentido (¿qué moral aplico? ¿Hay una mejor que otra?) y luego porque el tema no va de eso.

Igual que los dictadores, los tiranos, los grandes reyes, los prohombres y todo aquel que carga con la responsabilidad de un país sobre los hombros (y de paso es un poco coqueto), las culturas desarrollan simbologías que se convierten en mitologías. Se identifican con determinadas cosas y, como no recuerdan un carajo del mundo antes de ellos, se lo inventan a su imagen y semejanza. Esto va antes de la escritura, sí, pero ahora llegaremos a eso.

Lentamente, primero por medios orales, se construye una tradición incuestionable, y de ahí se pasa a las grandes historias. La representación de una mente deseosa de ser magnífica. Todo por la patria, incluso si para eso hay que inventarse la patria. De estos vientos nacen las siguientes tempestades...que vinieron a llamarse sagas, gestas, epopeyas.

Se trataba de relatos que contaban la historia de un gran malo. Un dios, por ejemplo, que se ha clavado una espina tras una uña y anda cabreado; un rey perverso que se aburre de jugar en el jardín y saca a su ejército oxidado para aterrorizar la triste campiña; o quizá una bruja que anda en esos días delicados. Su maldad es incuestionable, es decir, nadie la cuestiona. Es malo y punto.

Así que este tipo atribulado, desarrollando una oscura trama, se curra afanosamente el anhelado objetivo de dominar y someter algo puro. Una ciudad, un reino, el mundo entero. Ya se sabe con los malos, una vez haces pop, ya no hay quien te pare.

Pero no hay que preocuparse. La representación simbólica de todo lo que es bueno, honesto y valiente está en camino. El héroe está al caer. En el pasado, solía ser un tipo de buena familia. Un príncipe, por ejemplo, un noble. También tenía su sentido, porque él simbolizaba los grandes valores. Aunque llegara a vestirse con harapos o a hacerse pasar por animal para lograr su objetivo, al final, su destino era desposar a la princesa y heredar un reino. Eran buenas épocas.

Pero los tiempos cambian, y poco a poco, los héroes son adaptados a las circunstancias. Empiezan a no ser perfectos porque de repente, la sociedad, más avanzada, tiene una cierta conciencia del yo y se da cuenta de que tampoco es perfecta. Los valores de la fuerza, el arrojo y el poder dan paso a las más modestas honestidad, valentía y templanza. Valores distintos para épocas distintas. El origen de nuestro héroe empieza a ser más humilde. Empieza a ser menos una melodramática y publicitada sombra de la sociedad que debe ser amada y adorada por sus miembros y se va perfilando más como los deseos y anhelos de cada uno de esos miembros. El héroe, de repente, somos nosotros. Y como somos nosotros, lo del origen noble ya no nos identifica, ahora son granjeros (mayoritariamente), parteros, cazadores o quizá carpinteros o ebanistas.

Por aquí me centro en el tema de la escritura, gracias por la paciencia. Y de paso, aprovecho para introducir sutilmente el género fantástico, quizá la derivación de aquellas sagas y novelas de caballería de la época. Como todas las modas, vienen y van, pero en el proceso, cambian. Se tuercen, se estiran. Son lo mismo y son distintas. Pero si miramos fijamente, podemos reconocer al padre del hijo.

Muchos grandes autores aportaron los primeros cimientos de un género cuanto menos prolífico. Howard, Moorcock, Tolkien y alguna decena más, establecieron los patrones de algo maravilloso, la transformación de las sagas milenarias en algo moderno y accesible a la gente de hoy en día, perdidos entre la manipulación de los medios y la inevitabilidad de una enorme y todopoderosa maquinaria bien engrasada de la que no sabemos huir. A eso nos ayudaron ellos, los grandes "primeros llegados". Pero como todo, las cosas pueden degenerar, pervertirse...el poder del anillo, amigos míos. El poder del lado oscuro. Más fácil, más rápido, más seductor.

Poco a poco, supuestamente porque los niños y los jóvenes son quienes más necesidad tienen de cosas fantásticas, porque su imaginación y su esperanza no han sido todavía completamente aplastadas por la maquinaria antes mencionada, empezaron a crearse unos productos de menor calidad destinados a producirse en mayor cantidad para un público concreto, más interesado en escapar como sea y de creerse cualquier cosa. Una mente manipulable y fácil de contentar. Cada vez más fácil, diría yo.

Y como pasa con otros géneros, como por ejemplo la novela costumbrista, que viene a ser más o menos siempre lo mismo en otro lugar y con otras personas, la fantasía se ha abierto un hueco y se ha establecido en un cómodo rincón de la literatura contemporánea. Las grandes obras del pasado, las grandes sagas, las grandes aventuras, nos han dejado un legado traicionero. Como corolarios de una verdad máxima, han aparecido obras que son más de lo mismo. Como un eco, que no aporta nada nuevo al sonido, y que cuanto más se alarga más se difumina, perdiendo todo significado y propósito. Así se logra estancar un género. Convertirlo en sotacaballorey. Lees las primeras 20 páginas y ya sabes qué va a suceder. Voy a hacer una prueba rápida, a ver cuántas novelas de fantasía cumplen este desarrollo.

"Todo empieza cuando un grupo de jóvenes, que pueden ser desde granjero a aventureros profesionales, que viven en una época convulsa, sufren el ataque o la amenaza de un mal que asola la tierra. Éste mal no es de segunda regional, es de primera división, nada de un cacique malaje cabreado por sus crecientes problemas de próstata. Es alguien con visos de querer dominar el mundo. Pero no pasa nada. Llega el héroe (o el grupo de héroes), y tras unos cuantos capítulos de idas y venidas, terminan desfaciendo el entuerto, salvando al mundo (sí, al mundo, es que si no la cosa queda un poco pobre), y hala, a casita que llueve".

Una aventura sin emoción no es una aventura, pero vivimos en épocas baldías en ideas. Nos quejamos, sí, pero lo gracioso es que mucha gente se siente luego engañada si las cosas se salen de lo convencional. A mí no me gustó el final de "Los piratas del Caribe" la primera vez que lo vi, pero luego les alabé el valor de desviarse de lo establecido, y llegué a la conclusión de que nos hemos acostumbrado tanto a un esquema de aventuras, que nos sentimos engañados si alguien lo tuerce. Así, sólo nos queda ya la originalidad de hacer personajes sorprendentes, pero nos han capado la historia. Sabemos lo que va a pasar, y no es ya sólo que el autor se haya rendido a la evidencia de lo que sabe que funciona, sino que en el fondo, da a la gente lo que quiere, porque es lo que nos está pasando. Así pasa lo que pasa. ¿Cuántas historias obvias nos hemos encontrado ya, cuántos protagonistas a prueba de balas, hechizos y maldades diversas nos han acompañado por el camino de una historia mil veces repetida, cuyo final conocemos antes de haberlo leído? Vale, sí...es que es fantasía épica. Ya se sabe. Pues no, yo no lo sé. La épica tiene un sentido, tiene un propósito. Una moraleja final, una enseñanza que nos recuerda quienes somos y de qué somos capaces. Pero revestir de un supuesto aire épico a una historia sin pretensiones, a unos personajes sin contenido, a una aventura plana de tantas que ya nos han relatado doscientas veces, es pervertir el significado de las cosas, y sí, también es tomarnos el pelo.

Supongo que ahora es momento de detenernos un poco y coger perspectiva. Estoy empezando a emocionarme. Sabía que ocurriría, pero también esperaba poder contenerme llegado el momento, como ahora. Porque ahora viene el momento de decir: "A ver, no es para tanto". Nadie se ha muerto, que yo sepa, por una sobredosis de épica mal entendida. Como mucho, la saturación nos frustra y nos indigna. Una vez se canaliza la mala baba, se esconden los colmillos y se limpian los espumarajos, queda saber qué hacemos ahora.

Lo que yo propongo es simple: "Matar al Elegido".

Matar el concepto, quiero decir. Es el golpe en la cerviz de la bestia, en el ancla que nos impide avanzar. La respuesta a las más encendidas plegarias. Dejemos la épica para quien sabe hacerla de verdad (pongamos Tolkien, que lo tengo más fresco) y seamos más humildes. Igual que cuando un autor escribe novela histórica puede llegar a emocionarnos con una simple historia de poder y ambición, la fantasía tiene ese toque que, en su justa medida, añade al caldo un sabor único y especial. No lo echemos a perder ni lo malgastemos haciendo el plato incomestible. Por una vez, pensemos en el equilibrio y en que lo más importante, de lejos, es la historia que transcurre. Los personajes andan sobre ella, y el mundo no se destruye porque los personajes, incluso el elegido, mueran. Experimentemos... si matamos al elegido, quizá liberemos de sus ataduras a los diez personajes secundarios que antes no tenían nada mejor que hacer que servir de alivio cómico o trágico. Sólo les quedaba morir o hacer un par de chistes graciosos. Pobre aportación, la verdad, y muy triste. Su muerte, eso sí, sirve a veces para que le Elegido cargue su "modo enrabietado on", que empieza con un "NO" muy elocuente y prolongado, con la vista puesta en el cielo. Así aseguramos que su empresa es más justa, y ya identificados con el componente trágico del pobrecito héroe (como si a nosotros nos hubiera pasado lo mismo para identificarnos), nos lanzamos a jalearle mientras él cumple con su cometido de tirarse de cabeza a una fortaleza plagada de enemigos...solo, claro, a grito pelado y matando a todos los que se le cruzan, eso sí, en riguroso orden de a uno, hasta llegar al malo malote. Luego llega la batalla dialéctica donde uno demuestra lo malo que es y el otro lo justo y majete que lo han parido. Choque de espadas, frases más o menos calumniosas (es de mala educación insultar al anfitrión en su casa) y antes o después, el malo dirá algo de más, se entretendrá mirando a las musarañas y el otro le dará matarile. Blanco y en botella.

Si muere el elegido, quedan los secundarios, esos tontos pelaos que ya no pueden estar haciendo el gañán con chistecitos, ni pueden permitirse ser torpes o no cubrirse con el escudo, porque ahora todo depende de ellos, y a menos que el autor quiera terminar el libro con una última victoria de la oscuridad sobre la luz que suma al mundillo de marras en mil años de tiranía (cosa que podría molar, sí, pero reconozco que no tiene mucho tirón comercial), no le queda otra más que usar lo que le queda. Y así, tiene que pensar. Porque los secundarios no tienen una marca de nacimiento que les hace inmunes a las tropelías del enemigo y les garantiza la victoria. No, los secundarios sólo tienen su ingenio, su arrojo, y a tirar los dados. Así vuelve la emoción. Así vuelve la aventura.

Y yo, de paso, me identifico más con ellos, con tipos torpes y cobardes que se ven envueltos en una de la que no saben cómo salir. Y donde la cosa se tuerce y el malo gana. Qué cosas.

Debo reconocer, finalmente, que gracias a una saga en concreto, he vuelto a creer en la fantasía. Mirando luego más atentamente, he visto que poco a poco, esas historias de lo que vienen a llamarse héroes anónimos van encontrando su lugar en las estanterías, en los puestos de los más vendidos, incluso. Después de un tiempo leyendo novela histórica, que me sirvió para descubrir este género extraordinario y para convencerme aún más de la justicia de mis argumentos, de que se puede hacer una historia extraordinaria sin magia ni elegidos, he visto que la fantasía ya ha dado pasos de gigante, y ya era hora.

Me emociona saber que al Elegido le quedan los días contados. Yo espero que no vuelva para atormentarnos en nuestras pesadillas, que ya ha hecho bastante.

La virtud de la pluma fría

Publicado por Mavros en 9:54 0 comentarios  

Una vez, después de un infierno de letras que no pegaban ni con cola, tras dos otras de frenético aporreo de teclado, leí lo que había escrito, practiqué un gesto de verdadero espanto y me dije: "Tío, te pasa como con el alcohol. Escribes demasiado deprisa, y así no se saborea".

No, ciertamente, así sólo acaba uno haciendo eses. No gramaticales, que de esas por suerte, a base de insistir, ya no se cuelan muchas, sino estructurales. Tengo el plano del edificio, pero es un boceto y muchas veces pretendo construir a partir de él. Supongo que son cosas de novato.

Aclaremos que bebo poco. Yo "acompaño", que viene a ser algo así como, te acepto dos copas como mucho, tres si insistes, y para ya de contar. Con el tiempo, he reducido al mínimo los refrescos con el alcohol, y he substituido la cantidad por calidad de la buena. Barman, un whiskeyontherocks (que diría un yanki). Eso mismo espero con esto de escribir. Yo paso por las palabras el mismo tiempo que pasan ellas por mi mente, en un enloquecido proceso de producción en cadena donde el control de calidad aún no se ha implementado. Pero en fin, está en los objetivos del año. Lo que pasa es que mientras que lo de cambiar de bebida es tan sencillo como pedirlo, lo otro, lo de pausar el estilo de escritura, da más miedo. Uno tiene que sentarse, y no me refiero a que escriba de pie mientras camino, me refiero a eso de atender a la tarea, a saborear las palabras, a recitarlas una y otra vez hasta que cada una ocupa su lugar y se hace pieza de un todo aún mayor que la suma de las partes.

Por eso me he puesto a escribir. No de lo que sea, pero sí de muchas cosas. Y a leer. Leo menos de lo que me gustaría, pero más de lo que solía. De vez en cuando, algún escritor consagrado me putea. Me planta una frase de tres páginas de longitud, con dos mil millones de comas entre cada punto, y como lo escribe él es una obra de arte. Yo supongo que es simplemente que no soy capaz de ver la diferencia entre una animalada que obvia todas las reglas de redacción habidas y por haber, y una genialidad que transgrede los férreos barrotes de esas normas establecidas y trae un soplo de tres páginas de aire fresco a la literatura moderna.

En cualquier caso, uno no puede empezar a correr sin arrastrarse primero, gatear después, tropezar, trastabillar, espanzurrarse, levantarse de nuevo y, por fin, andar. Y después habrá que ver si uno vale para la carrera. De momento, estoy en la intensa labor de llenarme de voluntad para seguir el camino que sé correcto, pero me da una pereza atroz, porque implica trabajo, dedicación, responsabilidad, tiempo, en fin, todas esas palabras que me ponen los pelos de picos pardos. Y, sin embargo, ¿no saben mejor los triunfos que son fruto de ellas? Un profesor de filosofía dijo una vez que un filósofo muy listo, los dioses me libren de recordar cuál, demostró o planteó que las únicas satisfacciones que se mantienen en el tiempo son las satisfacciones intelectuales. A ver si es verdad.

La apertura en la bragueta ajena

Publicado por Mavros en 9:44 0 comentarios  

Me pregunto a veces si ese concepto onírico y anhelado que es la magia no existe de verdad. Esquiva, quizá, pero presente, se nos manifiesta sólo de tanto en tanto, cuando menos lo esperamos, tal vez para darnos una buena lección, un capón antes de que crucemos la calle sin mirar.

Desde luego, quienes hacen los refranes son gente iluminada. Puede que también tengan alguna sustancia en sangre en mayor concentración de lo habitual, o sigan ese palíndromo conceptual de que el genio lleva a la locura o la locura al genio. En realidad, da igual. Lo que importa es que hay gente capaz de cazar al vuelo verdades como puños y enjaularlas en una sola frase que, además, suena pegadiza.

Así que ahora, para reunir dos párrafos aparentemente dispares en una única idea, me remontaré a los albores del tiempo, dos días atrás, cuando esperaba delante de la máquina de café de la zona de descanso de mi trabajo. Es caro, por cierto, pero está bueno. Como además tarda un minuto largo en servirse, uno puede reposar la mirada en los lugares más peregrinos. Y mira por donde, yo acabé reposándola en la bragueta abierta de un tipo, por lo demás, escrupulosamente maqueado. Me dio un amago de risa, pero lo atajé lo suficiente como para que, como mucho, el tipo se pensara que me reía de algún recuerdo gracioso.

No, me reía de tu bragueta, chaval, la que llevabas abierta y rodeada de Hugo Boss por perneras, camisa, mangas, chaqueta y corbata.

Pensé en decirle algo, pero no se me ocurría cómo asaltarle con una noticia tan horrible, un extraño como yo que no le había visto nunca antes, y sobre todo en medio de una conversación con otros tipos que, más distraídos, no se habían fijado en el lapsus braguetae, o que quizá estaban riéndose de lo lindo a expensas de su ignorancia, como yo la primera vez.

Y así podría acabar todo, una anécdota más de las que contar cuando te asaltan los incómodos silencios entre amigos. Unas risas, un aaaaaay casi cansino, y a otra cosa. Pero mira por dónde, sin razón alguna, unas horas después va y me asalta ese dicho de ver la paja en el ojo ajeno. Me levanto de mi puesto, me voy al servicio, y mi mente perturbada se anticipa a la tragedia pensando: "anda que si yo tuviera ahora la bragueta bajada". Dicho y hecho. Y es que el destino para estas cosas no perdona una. Cuando acerco la mano a la susodicha, ahí está, despechugada ella, al mejor estilo macho ibérico de los que ya no quedan. Para mear y no echar gota, y nunca mejor dicho.

Por favor, que alguien me diga si es o no es para creer en la magia preventiva.

Corazón de otoño sin lluvia

domingo, 1 de febrero de 2009

Publicado por Mavros en 11:34 0 comentarios  

Un relámpago en el cielo encendió la adormilada mente de Rwdrudh. El resplandor se mantuvo en las alturas tan solo un instante, como si intentara salir de la gran nube que se desplazaba hacia el Este y desparramarse por el mundo, con júbilo o con furiosa venganza. Nunca se sabía con los espíritus. Desde dentro de la nube, gritaron todos al unísono ensordeciendo el mundo desde lo alto. Quién no haría caso de un poder tan verdadero. Aunque la tarde aún no había perdido su batalla frente a la noche, el valle que contemplaba el chico se había perdido en la sombra infinita que la nube había enviado sobre la tierra.

Mientras los hombres follaban y guerreaban, los espíritus lo veían todo, y con su razón muda e incomprensible censuraban una u otra cosa, las dos o ninguna de ellas, a su gusto, sin que hubiera mente tan clara que pudiera predecir el veredicto que tendrían sobre esas acciones.

Hoy, sin duda, algo les había ofendido. Los espíritus en el aire se habían arremolinado y su enojo se hizo tormenta, porque todos saben que cuando se enfadan los jirones blancos se oscurecen, se aprietan unos contra otros y se comprimen como un puño antes de golpear. Rwdrudh lo observó atemorizado. Él no había hecho nada. Al menos nada que mereciera una tormenta, pero los espíritus eran veleidosos y sus motivos inexcrutables, así que por castigar una falta eran muy capaces de dejar caer su ira sobre el culpable y sobre aquellos que estuvieran a su lado, fueran cómplices o no, consentidores o censores.

Los ojos claros en la mañana de Rwdrudh se dirigieron inquietos a las alturas prohibidas. La llamada de la nube, blanca primero, había atraído a otras, que se entrelazaban y fusionaban en un único conciábulo frenético, un juicio de cábalas y susurros donde las luces eran seguidas de gritos y se decidía sobra la vida de alguien allí abajo. El Maestro solía advertir a Rwdrudh que si pensaba burlar a los espíritus lo pensara dos veces, pues incluso bajo techo o en la oscuridad, con las contraventanas puestas o incluso a través del pensamiento, ellos SABÍAN, porque suyo era el viento por el que se movían los deseos de los hombres.

El chico empezó a agitarse cuando vio que las más negras nubes se situaban encima de él, y su mente repasó todo lo que había hecho durante la última semana, y la intención que le movió a hacerlas. Se levantó acompañado por un viento fuerte que seguía muchas direcciones, y se arremolinaba en torno a un árbol solitario que, rendido a su fuerza, se doblaba y parecía señalarlo con sus ramas. Rwdrudh se alisó la toga basta y de un manotazo tiró briznas de hierba húmeda que se le habían pegado como si delataran una falta que él todavía no había encontrado. Lentamente, con pasos pequeños y temblorosos, retrocedió de cara a la tormenta, cuyo vórtica parecía haberse acomodado justo encima de su cabeza. El siguiente trueno pareció gritar su nombre. Rwwww..Drudddddh...Rwwwww....Druddddddh, y él, aludido, se dio la vuelta poseído por el miedo y regresó corriendo y trastabillando, a través del collado entre el prado y el camino hacia la protección de la Alianza.

En el trayecto, la mente de Rwdrudh enloquecía de desesperación, incapaz de saber si era el pan que había robado de la cocina esa noche lo que le había condenado. Tenía hambre, y por lo que sabía, Olivhedh, Halath, Benjyrr y Twchaloc bebían vino de gracias a escondidas, y ninguno había sufrido las iras de los espíritus por ello, cuando ellos volvía a la celda de acólitos borrachos y jocosos, riéndose de los dioses y sus decisiones antes de quedar dormidos en el más profundo de los pecados, que era la mofa a su poder.

Pudo ver la silueta de la empalizada de troncos rojos aunque ya todo se había vuelto oscuro. Desde allí sabía dónde estaba la puerta con los ojos cerrados, pero no dónde estaban las piedras del camino. Tropezó con una de ellas, delatora, y rodó con un grito ahogado, más de rabia y miedo que de dolor. Se levantó como pudo, inseguro de la dirección a la que miraba hasta que otro resplandor lo iluminó todo durante un breve momento. Ya lo estaban buscando.

Él encontró la puerta, que estaba aún abierta, y la atravesó justo cuando ambas hojas empezaban a cerrarse. Atravesó el patio sin ayudar a empujar la puerta y asegurarla con el gran tronco tallado con runas de protección y guarda. Siguió corriendo porque Olivhedh le dijo un día que los espíritus sabían leer, y que las runas protegían sólo contra los ignorantes, de modo que creían ver magia donde no la había, y se detenían por sus propias dudas. En aquellos momentos se rió del chico borracho, pero ahora su miedo le hacía creer eso y más que le hubiera dicho, si no hubiera tenido el buen tino de desplomarse después sobre la mesa del refectorio.

Hacia allí dirigió sus pasos, sin más motivo que el de ser el edificio más cercano que encontró. Abrió esa puerta de un empujón que sonó como una confesion de culpa, y recordó que el día anterior se había aliviado tras la misma puerta, simplemente por no recorrer más camino hasta un lugar más adecuado. Recordando sus lecciones, un lugar como aquel, tenido por santo y justo, no podía contener las deyecciones de un acólito, todo lo más de un buen preste, y aunque de allí ninguno de los hombres de fe, ni siquiera los sabios, supieron extraer por los restos fétidos la identidad del causante, los espíritus habrían tomado sin duda buena cuenta, y ya estaba todo dicho.

Rwdrudh se detuvo antes de abrir la puerta interior que llevaba a la sala llena de mesas donde comían en abundancia. Incapaz de soportar más los embites de su corazón desbocado, creyó incluso oler la mierda que le había matado, que le iba a matar. No le cabía ninguna duda, porque además no estaba borracho, sino sólo impaciente, y no le gustaba correr por el patio con una urgencia tan evidente que todo aquel que se cruzaba le miraba con la risa en los labios, o incluso con alguna palabra incómoda.

Abrió finalmente la puerta y entró en la sala amplia, ahora oscura, más bien negra, donde la luz de que atravesaba las amplísimas ventanas no llegaba. Se restregó las lágrimas de sus ojos claros y vio que en el exterior también lloraba, y que el cielo expulsaba luz cada vez más a menudo. El momento se acercaba. Se colocó en la esquina más oscura, ¿qué más podía hacer? porque se sentía demasiado cobarde para exponerse a la mirada de los furiosos espíritus. Cobarde y humillado, porque había muerto por cagar en la Alianza y no se le ocurría nada más terrible y espantoso. A su lado, la cortina de cuero basto y pesado, mal sujeta a los enganches de hierro bajo la ventana más cercana, batía y azotaba la pared, como si le descubriera ante sus perseguidores. Había jarras derramadas de vino sobre una de las amplias mesas, una de ellas rota contra el suelo. Rwdrudh pensó en coger la que aún quedaba entera y beber de ella si no estaba vacía, pero sus piernas no respondieron y permaneció llorando amargamente en el rincón.

En ese momento cayó la lanza de los espíritus sobre él. Lo escuchó como el aterrador rugido de un monstruo voraz y de hambrientas fauces sobre su cabeza, encima del techo que le resguardaba, sobre el segundo piso del edificio. Todo retumbó a su alrededor y la madera se resquebrajó sobre él, y dejó caer polvo y astillas, aunque no cedió. Él se tapó la cabeza con las manos y se encogió sobre sí mismo, consciente de que había vuelto a ofender a los dioses porque el mismo miedo le había hecho mearse sobre la toga y el suelo. El eco del rugido se perdió a lo lejos muy lentamente, como si el monstruo de luz y dientes volviera a las alturas sólo para caer de nuevo sobre él, destruir el techo y llevárselo entre gritos a la morada de los espíritus, donde gritaría por toda la eternidad como un alma rota y enloquecida.

Así se hundió en la oscuridad, presa de un dolor que nunca podría describir, y que no creía posible soportar hasta que un nuevo sonido, no menos poderoso, le hizo volver a abrir unos ojos que ya daba por muertos. Frente a él le cegaba la luz de una antorcha, y tras ella el rostro insinuado del corregidor Jarth lo miraba desde lo alto.

- Levanta, Rwdrudh, arriba ahora. Tenemos que salir de aquí.

El corregidor era un hombre fuerte, y no esperó a que el chico obedeciera. Cargó con él y salió por una de las ventanas, apartándose del edificio mientras la luz de la antorcha se extinguía en la atronadora lluvia del exterior. Cuando ambos cayeron al suelo, con el corregidor agotado, buscando aire con desesperación, Rwdrudh vio entre la gruesa cortina de agua el refectorio donde se había refugiado. Herido de muerte, el edificio había perdido su parte más alta, y ya desde allí podía escucharse el gemido de dolor de sus muros de roca y su techo de madera, incapaz sin duda de soportar mucho más tiempo el peso de la piedra derrumbada sobre él. La voz del corregidor le llegó como una velada absolución.

- He ido a buscarte, porque Enhiidh y Wuuldamac te vieron dirigirte hacia el refectorio mientras cerraban las puertas. Como no te vi en la sala, subí por las escaleras. El rayo ha derribado toda la planta, como ves, y la piedra y el destrozo han matado a varios acólitos, Twchaloc, Halath y alguno más. Les enviaron esta tarde a bajar los toldos para tapar las ventanas, pero debieron subir a por las jarras de vino de gracias que se guardan arriba. El maestro de Benjyrr tiene la llave de la puerta, así que hablaré con él cuando el edificio caiga y podamos recuperarlos a todos.

El corregidor hablaba como su ocupación exigía, con deber y justicia en sus palabras. Si lamentaba la muerte de los acólitos, la lluvia se llevó aquella sensacion. Sin embargo, no pudo arrancar a Rwdrudh la dolorosa felicidad de haber entendido al fin cuál era el motivo de enojo de los espíritus, y que no era la impaciencia o la vergüenza. La peor falta era la mofa ante su poder, y aunque él se sentía indigno por preferir la muerte de sus compañeros, entendió que la más dura de las lecciones debía aprenderse con hierro y fuego, pues sólo así dejaba huella en la mente de los hombres.

La cazadora de copos de nieve

Publicado por Mavros en 3:17 0 comentarios  

Ella era alta y blanca como la suave luna de invierno, con ojos de hielo azul robado a los lagos congelados en las cumbres donde vivía aislada de todo. Sólo su cabello de oro reflejaba la breve luz de los cielos y daba esperanza a la calidez que anhelaba en la primavera venidera.

Durante las mañanas, mientras recordaba quién era y qué hacía en las altas cumbres siempre nevadas, se asomaba a la ventana con sus manos extendidas y dejaba que se posaran en ella los tímidos copos que la percibían allí, pero que no se atrevían a dirigirse a ella sino que se resignaban a ocupar su lugar en el suelo, entre todos los demás, dejando de ser uno para ser parte, tan minúscula fracción de un todo, que finalmente se vuelve nada. Un todo formado de infinitas nadas.

Los afortunados, los elegidos, quizá los valientes y osados, esos copos cazados eran sonrisa para ella, gracia y sentido, todo a un tiempo, mientras se fundían en la suave piel y entraban en su interior, ensanchando la risa de perlas brillantes.

No había nada más, y nada más era necesario. Su oficio existía desde siempre y no necesitaba ser entendido ni aprobado. Ella estaba allí como los cazadores de estrellas estaban en las alturas, y recogían destellos y brillos, y los rescataban de la oscuridad un momento, sólo a unos pocos, y nada más que eso. Luego volvía a entrar en la casa, satisfecha y colmada, y cerraba la ventana, con sonido a escarcha remolona.

Más allá de eso, nadie sabe qué sucede, ni tampoco importa. Ella cumple su función como la lluvia que es escanciada, como el viento que se insufla en la tierra. No es menos importante porque nadie lo note, eso puedo asegurarlo, y si lo refiero es, quizá, para que cada uno opine lo que le apetezca, que somos muy libres de juzgar lo que desconocemos, y lo hacemos mucho y bien. Ojalá cedamos, o eso espero, a la tentación de dejarla libre de culpa, para que todas las mañanas, mientras recuerda quién es y qué hace allí, abra la ventana y extienda sus suaves manos blancas.

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