Una vez, después de un infierno de letras que no pegaban ni con cola, tras dos otras de frenético aporreo de teclado, leí lo que había escrito, practiqué un gesto de verdadero espanto y me dije: "Tío, te pasa como con el alcohol. Escribes demasiado deprisa, y así no se saborea".
No, ciertamente, así sólo acaba uno haciendo eses. No gramaticales, que de esas por suerte, a base de insistir, ya no se cuelan muchas, sino estructurales. Tengo el plano del edificio, pero es un boceto y muchas veces pretendo construir a partir de él. Supongo que son cosas de novato.
Aclaremos que bebo poco. Yo "acompaño", que viene a ser algo así como, te acepto dos copas como mucho, tres si insistes, y para ya de contar. Con el tiempo, he reducido al mínimo los refrescos con el alcohol, y he substituido la cantidad por calidad de la buena. Barman, un whiskeyontherocks (que diría un yanki). Eso mismo espero con esto de escribir. Yo paso por las palabras el mismo tiempo que pasan ellas por mi mente, en un enloquecido proceso de producción en cadena donde el control de calidad aún no se ha implementado. Pero en fin, está en los objetivos del año. Lo que pasa es que mientras que lo de cambiar de bebida es tan sencillo como pedirlo, lo otro, lo de pausar el estilo de escritura, da más miedo. Uno tiene que sentarse, y no me refiero a que escriba de pie mientras camino, me refiero a eso de atender a la tarea, a saborear las palabras, a recitarlas una y otra vez hasta que cada una ocupa su lugar y se hace pieza de un todo aún mayor que la suma de las partes.
Por eso me he puesto a escribir. No de lo que sea, pero sí de muchas cosas. Y a leer. Leo menos de lo que me gustaría, pero más de lo que solía. De vez en cuando, algún escritor consagrado me putea. Me planta una frase de tres páginas de longitud, con dos mil millones de comas entre cada punto, y como lo escribe él es una obra de arte. Yo supongo que es simplemente que no soy capaz de ver la diferencia entre una animalada que obvia todas las reglas de redacción habidas y por haber, y una genialidad que transgrede los férreos barrotes de esas normas establecidas y trae un soplo de tres páginas de aire fresco a la literatura moderna.
En cualquier caso, uno no puede empezar a correr sin arrastrarse primero, gatear después, tropezar, trastabillar, espanzurrarse, levantarse de nuevo y, por fin, andar. Y después habrá que ver si uno vale para la carrera. De momento, estoy en la intensa labor de llenarme de voluntad para seguir el camino que sé correcto, pero me da una pereza atroz, porque implica trabajo, dedicación, responsabilidad, tiempo, en fin, todas esas palabras que me ponen los pelos de picos pardos. Y, sin embargo, ¿no saben mejor los triunfos que son fruto de ellas? Un profesor de filosofía dijo una vez que un filósofo muy listo, los dioses me libren de recordar cuál, demostró o planteó que las únicas satisfacciones que se mantienen en el tiempo son las satisfacciones intelectuales. A ver si es verdad.
0 comentarios:
Publicar un comentario