Me pregunto a veces si ese concepto onírico y anhelado que es la magia no existe de verdad. Esquiva, quizá, pero presente, se nos manifiesta sólo de tanto en tanto, cuando menos lo esperamos, tal vez para darnos una buena lección, un capón antes de que crucemos la calle sin mirar.
Desde luego, quienes hacen los refranes son gente iluminada. Puede que también tengan alguna sustancia en sangre en mayor concentración de lo habitual, o sigan ese palíndromo conceptual de que el genio lleva a la locura o la locura al genio. En realidad, da igual. Lo que importa es que hay gente capaz de cazar al vuelo verdades como puños y enjaularlas en una sola frase que, además, suena pegadiza.
Así que ahora, para reunir dos párrafos aparentemente dispares en una única idea, me remontaré a los albores del tiempo, dos días atrás, cuando esperaba delante de la máquina de café de la zona de descanso de mi trabajo. Es caro, por cierto, pero está bueno. Como además tarda un minuto largo en servirse, uno puede reposar la mirada en los lugares más peregrinos. Y mira por donde, yo acabé reposándola en la bragueta abierta de un tipo, por lo demás, escrupulosamente maqueado. Me dio un amago de risa, pero lo atajé lo suficiente como para que, como mucho, el tipo se pensara que me reía de algún recuerdo gracioso.
No, me reía de tu bragueta, chaval, la que llevabas abierta y rodeada de Hugo Boss por perneras, camisa, mangas, chaqueta y corbata.
Pensé en decirle algo, pero no se me ocurría cómo asaltarle con una noticia tan horrible, un extraño como yo que no le había visto nunca antes, y sobre todo en medio de una conversación con otros tipos que, más distraídos, no se habían fijado en el lapsus braguetae, o que quizá estaban riéndose de lo lindo a expensas de su ignorancia, como yo la primera vez.
Y así podría acabar todo, una anécdota más de las que contar cuando te asaltan los incómodos silencios entre amigos. Unas risas, un aaaaaay casi cansino, y a otra cosa. Pero mira por dónde, sin razón alguna, unas horas después va y me asalta ese dicho de ver la paja en el ojo ajeno. Me levanto de mi puesto, me voy al servicio, y mi mente perturbada se anticipa a la tragedia pensando: "anda que si yo tuviera ahora la bragueta bajada". Dicho y hecho. Y es que el destino para estas cosas no perdona una. Cuando acerco la mano a la susodicha, ahí está, despechugada ella, al mejor estilo macho ibérico de los que ya no quedan. Para mear y no echar gota, y nunca mejor dicho.
Por favor, que alguien me diga si es o no es para creer en la magia preventiva.
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