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La Luna Entre La Niebla

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Corazón de otoño sin lluvia

domingo, 1 de febrero de 2009

Publicado por Mavros en 11:34  

Un relámpago en el cielo encendió la adormilada mente de Rwdrudh. El resplandor se mantuvo en las alturas tan solo un instante, como si intentara salir de la gran nube que se desplazaba hacia el Este y desparramarse por el mundo, con júbilo o con furiosa venganza. Nunca se sabía con los espíritus. Desde dentro de la nube, gritaron todos al unísono ensordeciendo el mundo desde lo alto. Quién no haría caso de un poder tan verdadero. Aunque la tarde aún no había perdido su batalla frente a la noche, el valle que contemplaba el chico se había perdido en la sombra infinita que la nube había enviado sobre la tierra.

Mientras los hombres follaban y guerreaban, los espíritus lo veían todo, y con su razón muda e incomprensible censuraban una u otra cosa, las dos o ninguna de ellas, a su gusto, sin que hubiera mente tan clara que pudiera predecir el veredicto que tendrían sobre esas acciones.

Hoy, sin duda, algo les había ofendido. Los espíritus en el aire se habían arremolinado y su enojo se hizo tormenta, porque todos saben que cuando se enfadan los jirones blancos se oscurecen, se aprietan unos contra otros y se comprimen como un puño antes de golpear. Rwdrudh lo observó atemorizado. Él no había hecho nada. Al menos nada que mereciera una tormenta, pero los espíritus eran veleidosos y sus motivos inexcrutables, así que por castigar una falta eran muy capaces de dejar caer su ira sobre el culpable y sobre aquellos que estuvieran a su lado, fueran cómplices o no, consentidores o censores.

Los ojos claros en la mañana de Rwdrudh se dirigieron inquietos a las alturas prohibidas. La llamada de la nube, blanca primero, había atraído a otras, que se entrelazaban y fusionaban en un único conciábulo frenético, un juicio de cábalas y susurros donde las luces eran seguidas de gritos y se decidía sobra la vida de alguien allí abajo. El Maestro solía advertir a Rwdrudh que si pensaba burlar a los espíritus lo pensara dos veces, pues incluso bajo techo o en la oscuridad, con las contraventanas puestas o incluso a través del pensamiento, ellos SABÍAN, porque suyo era el viento por el que se movían los deseos de los hombres.

El chico empezó a agitarse cuando vio que las más negras nubes se situaban encima de él, y su mente repasó todo lo que había hecho durante la última semana, y la intención que le movió a hacerlas. Se levantó acompañado por un viento fuerte que seguía muchas direcciones, y se arremolinaba en torno a un árbol solitario que, rendido a su fuerza, se doblaba y parecía señalarlo con sus ramas. Rwdrudh se alisó la toga basta y de un manotazo tiró briznas de hierba húmeda que se le habían pegado como si delataran una falta que él todavía no había encontrado. Lentamente, con pasos pequeños y temblorosos, retrocedió de cara a la tormenta, cuyo vórtica parecía haberse acomodado justo encima de su cabeza. El siguiente trueno pareció gritar su nombre. Rwwww..Drudddddh...Rwwwww....Druddddddh, y él, aludido, se dio la vuelta poseído por el miedo y regresó corriendo y trastabillando, a través del collado entre el prado y el camino hacia la protección de la Alianza.

En el trayecto, la mente de Rwdrudh enloquecía de desesperación, incapaz de saber si era el pan que había robado de la cocina esa noche lo que le había condenado. Tenía hambre, y por lo que sabía, Olivhedh, Halath, Benjyrr y Twchaloc bebían vino de gracias a escondidas, y ninguno había sufrido las iras de los espíritus por ello, cuando ellos volvía a la celda de acólitos borrachos y jocosos, riéndose de los dioses y sus decisiones antes de quedar dormidos en el más profundo de los pecados, que era la mofa a su poder.

Pudo ver la silueta de la empalizada de troncos rojos aunque ya todo se había vuelto oscuro. Desde allí sabía dónde estaba la puerta con los ojos cerrados, pero no dónde estaban las piedras del camino. Tropezó con una de ellas, delatora, y rodó con un grito ahogado, más de rabia y miedo que de dolor. Se levantó como pudo, inseguro de la dirección a la que miraba hasta que otro resplandor lo iluminó todo durante un breve momento. Ya lo estaban buscando.

Él encontró la puerta, que estaba aún abierta, y la atravesó justo cuando ambas hojas empezaban a cerrarse. Atravesó el patio sin ayudar a empujar la puerta y asegurarla con el gran tronco tallado con runas de protección y guarda. Siguió corriendo porque Olivhedh le dijo un día que los espíritus sabían leer, y que las runas protegían sólo contra los ignorantes, de modo que creían ver magia donde no la había, y se detenían por sus propias dudas. En aquellos momentos se rió del chico borracho, pero ahora su miedo le hacía creer eso y más que le hubiera dicho, si no hubiera tenido el buen tino de desplomarse después sobre la mesa del refectorio.

Hacia allí dirigió sus pasos, sin más motivo que el de ser el edificio más cercano que encontró. Abrió esa puerta de un empujón que sonó como una confesion de culpa, y recordó que el día anterior se había aliviado tras la misma puerta, simplemente por no recorrer más camino hasta un lugar más adecuado. Recordando sus lecciones, un lugar como aquel, tenido por santo y justo, no podía contener las deyecciones de un acólito, todo lo más de un buen preste, y aunque de allí ninguno de los hombres de fe, ni siquiera los sabios, supieron extraer por los restos fétidos la identidad del causante, los espíritus habrían tomado sin duda buena cuenta, y ya estaba todo dicho.

Rwdrudh se detuvo antes de abrir la puerta interior que llevaba a la sala llena de mesas donde comían en abundancia. Incapaz de soportar más los embites de su corazón desbocado, creyó incluso oler la mierda que le había matado, que le iba a matar. No le cabía ninguna duda, porque además no estaba borracho, sino sólo impaciente, y no le gustaba correr por el patio con una urgencia tan evidente que todo aquel que se cruzaba le miraba con la risa en los labios, o incluso con alguna palabra incómoda.

Abrió finalmente la puerta y entró en la sala amplia, ahora oscura, más bien negra, donde la luz de que atravesaba las amplísimas ventanas no llegaba. Se restregó las lágrimas de sus ojos claros y vio que en el exterior también lloraba, y que el cielo expulsaba luz cada vez más a menudo. El momento se acercaba. Se colocó en la esquina más oscura, ¿qué más podía hacer? porque se sentía demasiado cobarde para exponerse a la mirada de los furiosos espíritus. Cobarde y humillado, porque había muerto por cagar en la Alianza y no se le ocurría nada más terrible y espantoso. A su lado, la cortina de cuero basto y pesado, mal sujeta a los enganches de hierro bajo la ventana más cercana, batía y azotaba la pared, como si le descubriera ante sus perseguidores. Había jarras derramadas de vino sobre una de las amplias mesas, una de ellas rota contra el suelo. Rwdrudh pensó en coger la que aún quedaba entera y beber de ella si no estaba vacía, pero sus piernas no respondieron y permaneció llorando amargamente en el rincón.

En ese momento cayó la lanza de los espíritus sobre él. Lo escuchó como el aterrador rugido de un monstruo voraz y de hambrientas fauces sobre su cabeza, encima del techo que le resguardaba, sobre el segundo piso del edificio. Todo retumbó a su alrededor y la madera se resquebrajó sobre él, y dejó caer polvo y astillas, aunque no cedió. Él se tapó la cabeza con las manos y se encogió sobre sí mismo, consciente de que había vuelto a ofender a los dioses porque el mismo miedo le había hecho mearse sobre la toga y el suelo. El eco del rugido se perdió a lo lejos muy lentamente, como si el monstruo de luz y dientes volviera a las alturas sólo para caer de nuevo sobre él, destruir el techo y llevárselo entre gritos a la morada de los espíritus, donde gritaría por toda la eternidad como un alma rota y enloquecida.

Así se hundió en la oscuridad, presa de un dolor que nunca podría describir, y que no creía posible soportar hasta que un nuevo sonido, no menos poderoso, le hizo volver a abrir unos ojos que ya daba por muertos. Frente a él le cegaba la luz de una antorcha, y tras ella el rostro insinuado del corregidor Jarth lo miraba desde lo alto.

- Levanta, Rwdrudh, arriba ahora. Tenemos que salir de aquí.

El corregidor era un hombre fuerte, y no esperó a que el chico obedeciera. Cargó con él y salió por una de las ventanas, apartándose del edificio mientras la luz de la antorcha se extinguía en la atronadora lluvia del exterior. Cuando ambos cayeron al suelo, con el corregidor agotado, buscando aire con desesperación, Rwdrudh vio entre la gruesa cortina de agua el refectorio donde se había refugiado. Herido de muerte, el edificio había perdido su parte más alta, y ya desde allí podía escucharse el gemido de dolor de sus muros de roca y su techo de madera, incapaz sin duda de soportar mucho más tiempo el peso de la piedra derrumbada sobre él. La voz del corregidor le llegó como una velada absolución.

- He ido a buscarte, porque Enhiidh y Wuuldamac te vieron dirigirte hacia el refectorio mientras cerraban las puertas. Como no te vi en la sala, subí por las escaleras. El rayo ha derribado toda la planta, como ves, y la piedra y el destrozo han matado a varios acólitos, Twchaloc, Halath y alguno más. Les enviaron esta tarde a bajar los toldos para tapar las ventanas, pero debieron subir a por las jarras de vino de gracias que se guardan arriba. El maestro de Benjyrr tiene la llave de la puerta, así que hablaré con él cuando el edificio caiga y podamos recuperarlos a todos.

El corregidor hablaba como su ocupación exigía, con deber y justicia en sus palabras. Si lamentaba la muerte de los acólitos, la lluvia se llevó aquella sensacion. Sin embargo, no pudo arrancar a Rwdrudh la dolorosa felicidad de haber entendido al fin cuál era el motivo de enojo de los espíritus, y que no era la impaciencia o la vergüenza. La peor falta era la mofa ante su poder, y aunque él se sentía indigno por preferir la muerte de sus compañeros, entendió que la más dura de las lecciones debía aprenderse con hierro y fuego, pues sólo así dejaba huella en la mente de los hombres.

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